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VOLVER A DIOS

La parábola del hijo pródigo tiene múltiples enseñanzas: el error que comete el hijo al salir de casa sin estar preparado. La libertad que le da el padre que confía en su hijo. El arrepentimiento del hijo que reconoce su error. El dolor del hijo que no se considera digno de recibir nada de su padre. El amor del padre que estaba feliz porque su hijo retornaba arrepentido. El consejo que el padre le da al hijo mayor envidioso para que entienda lo que significaba el retorno del hijo perdido.

En el Evangelio de hoy meditaremos la parábola del hijo pródigo, que tiene en sus dos partes una gran enseñanza. La primera es del hijo, que quiere su libertad porque considera que ya es grande y piensa que él solo puede salir adelante.

Esta imagen la encontramos hoy en la vida de muchos jóvenes. Unos quieren irse de casa de sus padres porque se sienten incómodos, por los enfoques de la vida que tienen sus padres y ellos no están de acuerdo. O porque sienten la presión de las exigencias que ponen sus padres en la casa y quieren buscar su independencia.

Hay otros jóvenes que piensan que ya ha llegado la hora de salir de la casa paterna y que ellos pueden salir adelante solos, sin ninguna ayuda. Y les piden a sus padres que respeten su espacio de libertad. Así lo llaman ellos: “mi espacio de libertad”, quieren probar solos y se consideran ya grandes, que pueden salir adelante por cuenta propia.

En esta parábola vemos que uno de los hijos está apurado y quiere salir ya y le pide a su padre que le dé lo que le toca, que sería algo como un adelanto de herencia, por ejemplo.

Seguramente el padre no estaría de acuerdo con ese planteamiento que le hace el hijo, como muchos papás que ven que su hijo todavía no está preparado para salir y piensa que no le va a ir bien.

Sin embargo, el padre de la parábola era respetuoso de la libertad de su hijo y, aunque tenía la presunción de que no le iría bien, opta por contentar a su hijo confiando en él y le da lo que le corresponde para que salga, para que ya se vaya.

LA LIBERTAD

La partida del hijo debió ser muy dolorosa para el padre. Habría que decir que la conducta del padre fue correcta porque la libertad es fundamental. El hijo que se siente libre se siente feliz, es una fortaleza, algo que él mismo ve que puede hacer y que cuenta además con el aval de su padre o el cariño de su padre. Eso hace que tenga más responsabilidad.

Pero también hay que tener en cuenta que no a todas las personas les va bien en la vida, pero esto no es motivo para que el papá se cierre y busque poner todos los medios para que el hijo se quede en casa.

Siempre es bueno correr el riesgo de la libertad. A los hijos hay que amarlos mucho, pero no apegarse a ellos y hay un momento en el que hay que dejarlos volar, que ellos aprendan y aprendan lejos de la casa paterna y a salir así adelante en la vida.

el hijo

En cambio, aquí vemos en la parábola, que el hijo de la parábola se fue de la casa y le fue mal. Malgastó el dinero, terminó en el corral de los chanchos comiendo en las algarrobas que les daban a los a los cerdos.

Pero allí ocurrió algo bueno, recordó la casa de su padre. Y es el recuerdo de las personas que más le querían y que le habían dado muchas cosas buenas. Ese recuerdo era un reconocimiento: “mi padre es muy bueno, mi padre me ha dado las mejores cosas, él es muy bueno”.

UN DESEO DE VOLVER

A veces cuando uno se aleja de la casa paterna, estando lejos, se valoriza más a las personas, a los padres y lo que los padres nos dieron: el cariño, los recursos, el ambiente. Y se extraña.

En estos momentos hay un deseo de volver y es lo que le pasó al hijo pródigo. No quería volver simplemente porque le fue mal, quería pedir perdón a su papá reconociendo que se había equivocado y estaba dolido de su error, de todo lo mal que hizo.

No quería volver exigiendo cosas, sino él se sentía mal. Dice la Escritura:

«Le diré a mi padre: “He pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”».

Se sentía indigno de ir a la casa y se sentía miserable. No le podía exigir, ni se le ocurría exigir nada a su padre; al contrario, dice la Escritura que este hijo le diría a su papá,

«trátame como a uno de tus jornaleros»

(Lc 15, 18-19).

Entonces este hijo pródigo se puso en camino, con esa determinación. Estaba súper arrepentido.

LA CONDUCTA DEL PADRE

Aquí vemos algo interesante y emotivo: la conducta del padre. Un buen papá nunca deja de querer a su hijo. El retorno del hijo le producía una gran alegría.

Ya no le importaba el dinero que había perdido con él. Ni la mala conducta que tuvo su hijo. Ahora el hijo estaba arrepentido y eso para el padre era grandioso. Estaba arrepentido de la mala vida que había tenido y tenía propósitos de cambiar, venía a pedir perdón. Y todo eso le encantaba al papá, porque se había recuperado el hijo. Entonces cuando llega lo abraza, le da mil besos, además, manda preparar una gran fiesta para celebrar el retorno del hijo que se había recuperado.

el hijo

Hoy Dios y la Iglesia -que es de Dios- están esperando el retorno de los que se fueron, de los que malgastaron todo, se portaron mal y están arrepentidos.

Los que somos pastores en la Iglesia estamos con los brazos abiertos, esperando que vengan nuevamente los que se fueron y que vengan para darles un abrazo y para hacer con ellos la gran fiesta del retorno, la alegría del retorno.

Que puedan caminar con nosotros en el camino de la libertad y de la paz, ese camino que es con Jesucristo, que termina en el Cielo, donde es la felicidad total para toda la eternidad.

LA CARIDAD

También la parábola nos enseña lo que ocurrió con el otro hijo, el hijo considerado fiel, que no se fue de la casa, que estaba siempre al lado del padre, el cumplidor que hacía todo lo que su padre le pedía, que se portó siempre bien.

Este hijo estaba indignado de la mala conducta de su hermano y cuando el padre le da todo al que se portó mal, él protesta y se llena de envidia. Le dice al padre,

«A él que se ha gastado todo tu dinero con la mala vida, tú le das todo y a mí, que me he portado bien y que he hecho todo lo que me has pedido, no me das nada».

Típica envidia. Y el padre le responde sabiamente, le dice:

«Todo lo mío es tuyo. Hemos hecho esta celebración para tu hermano porque estaba perdido y ahora lo hemos recuperado»

(Lc 15, 29-32).

Ya se ve lo importante que es que venga el hermano arrepentido.

Entonces a este hermano mayor, el que estaba en la casa y no se fue, le faltaba la virtud de la caridad. No sabía amar, era sólo un cumplidor que pensaba que sólo cumpliendo todo era suficiente, que así demostraba su amor, se quedó muy corto porque tenía que haber amado mucho más.

Lo más grande de la caridad es la comprensión y la libertad. Cuando se dan la comprensión y la libertad, se motiva la conversión de las personas.

Cuando damos espacios de libertad y comprendemos con mucho amor, con mucho cariño a las personas, motivamos a las personas también para que hagan examen de conciencia y vean cómo están. Entonces de ahí se produce la conversión.

Y esas cualidades las encontramos en nuestra Madre, la Virgen María, ella nunca nos abandona, tiene un amor incondicional. Hagamos lo que hagamos, nuestra Madre la Virgen, nos quiere y está esperando que retornemos también para perdonarnos ella y perdonarnos Jesucristo y, a la vez, fortalecernos cuando nos perdona para que, con la libertad, encontremos el amor.


Citas Utilizadas

Jos 5, 9-10-12

Sal 33

2Cor 5, 17-21

Lc 15, 1-3. 11-32

Reflexiones

Señor, que no me falte la virtud de la caridad. Que sepa amar.

Predicado por:

P. Manuel

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